La exposición “On & On” – que pudimos ver en La Casa Encendida de Madrid – nos introducía en un espacio donde todo era efímero, frágil, evolutivo. Un espacio donde la memoria, el paso del tiempo e incluso la muerte estaban presentes. Al recorrer las salas tuvimos la oportunidad de ir introduciéndonos en los mundos que nos presentaba cada obra y esta llegaba a envolvernos.
Y de repente: Un piano. Bolas saltarinas de colores. Público variado. Y un compositor, Gregorio Zanon. La intención de artista con esta pieza, como él mismo comentaba en el audio guía del museo, es la de “encontrar una solución al problema de la escultura musical”. Según su punto de partida, una escultura debería estar compuesta de un elemento y fijo y además “necesitas poder moverte alrededor de ella y acceder a puntos de vista que antes estaban ocultos”. Pero, ¿cómo conseguir a través de la música la sensación de rodear una escultura? He aquí su reto. Para conseguirlo, por supuesto, es necesaria la participación del público.
Lo que Gregorio Zanon pretendía conseguir es que a partir de la interacción del público las notas vayan apareciendo y desapareciendo siguiendo las pautas de un complicado sistema que él mismo ha desarrollado. A través de unos tubos que van a parar a las cuerdas del piano, el público podía lanzar unas bolas. Estas acciones tendrán un efecto sobre la interpretación del artista. Esta elaborada teoría a priori parece factible: La interacción del público con el intérprete para crear una escultura música. El problema está en la práctica.
Al llegar al lugar donde estaba situado el piano- en aquel espacio tan reducido, como en un pasillo, como si estuviera en medio estorbando- nos encontrábamos con el propio Gregorio Zanon, el cual, antes de empezar su actuación, trataba de explicarnos como funciona su performance, y como debemos interactuar con él. Entre lo complicado de su teoría y su notablemente reducido conocimiento de la lengua española, lo único que quedaba claro para el público es que tenía que lanzar las divertidas bolas saltarinas a través de los tubos y ¡a ver qué pasa!
Al iniciar la actuación el público empiezaba a lanzar bolas. Sin detenerse a escuchar las variaciones de la interpretación que provocan sus acciones, seguían tirando bolas, sin apreciar las apariciones y desapariciones de notas. Las bolas saltanban dentro del piano. Los espectadores más jóvenes se afanaban en conseguir que reboten más de una a la vez ¡y ahora más de dos! El intérprete abrumado no tenía tiempo de transmitir el sentimiento de cada nube – como él las denomino - ni si quiera tenía tiempo de sentirlo él mismo.
Parece que el verdadero problema a la hora de crear una escultura musical es encontrar un público que, no solo esté dispuesto a interactuar, sino que también esté dispuesto a escuchar. Dispuesto a entretenerse y deleitarse con las reacciones que provoca en el intérprete sin saber muy bien como. Todo ello me lleva a preguntarme si es realmente factible la creación de una escultura musical. Tal vez se debería atraer la atención del público hacia el sonido, la música, y no dejar que se desinterese atraído por los elementos visuales.
submergentes.org