Todavía hace unos días otra vez volví a encontrarme con un paradigma bastante enraizado al menos en México. La educación artística como un complemento en la formación y no como parte integral de esa educación. Cuando escuché de voz de un profesional que su hijo tomaba clases de pintura como un complemento a su educación, entendí que esa es la manera en la que los padres de familia ven y palpan la educación artística, como algo suplementario, no indispensable y que si acaso, servirá para añadirle un valor a la educación de sus hijos. Cuántas veces, quienes más saben de esto, han insistido en que la educación artística debería tomarse como parte integral y formarse como disciplina profesional. Sin embargo el mensaje no parece llegar a los padres de familia y mucho menos a quienes tienen el alcance para proponer planes y políticas educativas. Quizá sea necesario establecer campañas publicitarias para volver a dimensionar las bondades de las artes en relación con los seres humanos, su capacidad para fortalecer el intelecto y en muchos casos la motricidad de los estudiantes. Hay que dejar de ver el arte como algo privativo, a lo que se puede dedicar sólo quien no piensa en la perspectiva económica. Dejar de posicionarlo como algo suplementario, no profesional y plagado de trampas moralinas. Insistir en que mientras más jóvenes entren en contacto con el arte y sus diferentes disciplinas hará de nuestros hijos seres más saludables y consistentes, que entenderán mucho mejor su relación con el mundo. Enseñar que se puede ser pintor, escultor, escritor, músico, actriz, bailarina, etc, de igual manera como se prefiere estudiar para médico, maestro, licenciado o arquitecto. Hay que propiciar los cambios, de lo contrario el tiempo seguirá su curso y los padres de familia continuarán "aconsejando" a sus hijos para que estudien una carrera y si les queda tiempo libre se ocupen de su afición por el arte.
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