Poco peso posee para nosotros un simple mosquito. Pareciera que en la realidad, en nuestra realidad, nunca estuvieran ahí, excepto con su picadura que es cuando nos hace ser conscientes de inmediato de nuestra en verdad pequeña dimensión. Es cuando uno se percata de que en la realidad, en nuestra realidad, existen y nos entra una especie de molestia contagiosa.
Desde Esopo, el mosquito ha tenido siempre una relativa presencia en las distintas formas culturales del manifestarse humano. En arte, y en la pintura como soporte, varios insectos han ido apareciendo como respuesta por esclarecer en algo ese recóndito lugar oscuro que posee el ser humano y por el cual siente un cierto rechazo, en un sentido de indescifrable negrura, por una mosca, un mosquito o cualquier otro repudiado insecto. Los egipcios fueron los primeros en fijarse por un escarabajo como símbolo sagrado de toda una civilización y vincularlo nada menos que a un dios como encarnación de la transformación constante de la existencia. En los últimos tiempos, un pintor de la talla de un Barceló sí ha sabido plasmar con sus moscas su rechazada presencia en la tela en forma algo rugosa y volumétrica, siempre en fondos nada tenebrosos, sino traslúcidos y sobre una materia bien texturizada. El surrealismo, y con Dalí como visible cabeza, quizá fue uno de los movimientos que más trabajó su existencia a fin de poder descifrar el ambiguo significado de su inconsistente presencia.
MABEL RUIZ-HORN, lleva tiempo dando clases como profesora de pintura y, además de ser autodidacta, jamás llegó a fijarse en insecto alguno como principal tema en su quehacer artístico. Siempre fiel a la figuración y en dar lo mejor a sus discípulos, entendió esa capacidad de enseñar la pintura como una forma única del vivir diario. Hasta que le picó el mosquito de la abstracción. Porque si bien es verdad que esta muestra, que ha sabido muy bien exponer la Fundación Cultural Coll Bardolet de Valldemossa en Mallorca, es su último trabajo, tan bien es una realidad innegable la capacidad que nos ha mostrado su autora en ofrecernos un cambio tan drástico en su lenguaje pictórico que antes en nada se había asomado.
Digo abstracción, pero si uno ve las pinturas de Mabel, existe la figuración como fondo en el tema o excusa para poder desarrollar, con trazos enérgicos y llenos de una inusual fuerza visual, esa misma configuración abstracta en su aspecto formal. Es indudable, que la artista, entiende la levedad, que es el título mismo que lleva como cabecera la muestra, como una ley física en la cual cualquier movimiento se dota de una ágil y movible apariencia y en un momento dado puede tanto estar como desaparecer en un siguiente instante. Es el mismo espíritu que nos tiene acostumbrado el dichoso mosquito, que tanto está en revoltoso ambiente como en un desapercibido instante lo vemos en acomodada pose sobre nuestra piel y preparado ya para lo peor.
Mabel ha querido llevar esa reflexión, sobre esa inconsistencia que representa el mosquito, a plasmación pictórica de forma inmediata, sin dejar oportunidad a lo dubitativo. Tal y como ella lo ha visto y vivido su presencia en un quizá recóndito lugar, inmediatamente lo ha plasmado con una capacidad visual que en nada se diría que Mabel es toda una mujer de una ya larga trayectoria y experiencia artística. En efecto, con un trazo más que vigoroso, de largo alcance sobre el lienzo, proyecta con sus brazos la trayectoria sobre un espacio ya preconcebido lo que ha de ser la presencia del ser del mosquito y sólo por el mismo trazo enérgico sugerido.
Y no podía ser de otra manera que con la abstracción para mostrar esa levedad en todos los sentidos. En efecto, la sensación de los instantes pequeños, esas fracciones de momentos que componen nuestra total y vital experiencia, no se muestra de una forma sólida en conjunto, sino en pequeñas porciones del tiempo para conformar finalmente su sentido y así poder comprender su significado, al mismo tiempo leve y sin importancia. Así, con la misma abstracción, se hace más fácil transmitir ese sentido de la fragmentación que como seres racionales somos capaces de leer en sentido unitario.
Para ahondar más en esa vitalidad del leve instante, nuestra artista plasma con inteligencia pequeños trazos en color rojo sobre el fondo de la composición ya abstracta del cuadro. Es la llamada a la conciencia, a esa consciencia de lo insignificante y leve, pues casi en todas las composiciones prevalecen los tonos ocres y terrosos y que sólo por similitud visceral y potencia en algo nos hace recordar éstos lienzos al mismo Miquel Barceló en su gesto sólo formal. Lejos de la importancia y del significado que tiene la obra de Barceló, como sabemos, podemos meditar, pues, con estas obras de Mabel, que después de aquél, sigue habiendo vida. Que el transcurso que aún puede tomar la pintura en su camino es un largo peregrinar lleno de algunas exclamaciones que pueden ocupar un lugar de privilegio para que en un futuro podamos seguir teniendo experiencias estéticas tan enriquecedoras como esta incursión de Mabel Ruiz-Horn en su primer trabajo en forma de un inteligente y bien figurado abstraccionismo sobre una levedad.
Para ir lejos en la reflexión, finalizar con aquellas palabras que como gran consejo profiriera otro profesor de dibujo a su entonces hijo y desconocida aún su futura gran proyección, y hablamos nada menos que del padre del mismísimo Picasso, y recordar que le dijo: “que para pintar lo que uno quisiera o le viniera en gana, y fuera lo que fuera y como fuera, antes está el saber dibujar bien cualquier paloma”.
Es indudable que Mabel Ruiz-Horn, sabe bien muy perfilar aquello que se le antoje, incluso hacernos ver en breves y firmes trazos aquello difícil de atrapar como puede llegar a ser nuestra propia levedad.

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