Nos decía el filósofo Theodor Adorno en su Teoría estética, que después de Auschwitz el único color posible en arte era el negro en un contexto que significaba, de hecho, el que el arte nunca podría sobrevivir como tal en términos de un “después” del arte, y es la razón por el cual Malevitch nos legara su célebre cuadrado negro. Y es el color negro, precisamente, el que ahora Miguel Ángel Campano muestra en la galería que el Centro Cultural Pelaires tiene en su haber en la ciudad de Palma, en Mallorca.

- Miguel Ángel Campano en el Centro Cultural Pelaires, en Palma.
Aunque las pinturas que presenta ahora está centrada en el trabajo de la década de los 90, pertenecen a una parte significativa dentro de su obra, época en la cual recibió un más que silencioso Premio Nacional de las Artes Plásticas, en 1996. Si uno ha tenido la oportunidad de seguir su trayectoria, podrá ahora reflexionar por las diversas etapas por las que ha sufrido su pintura, si ésta la entendemos como una búsqueda en la cual el artista ha de enfrentarse con uno mismo en un largo camino que padece hasta el final, en el cual encuentra su verdadera síntesis, su pensamiento en el cual se hace la luz y transparente su objeto.
Y, sin embargo, no me refiero que Campano de la sensación de estar en el ocaso de su carrera artística, ni mucho menos. Seguro que aún dará más de una grata sorpresa en su ya larga trayectoria. Pero, ha llegado a tal síntesis su pintura, originado por su tan ardua como profusa búsqueda, que uno ha de preguntarse inexorablemente, una vez vista ésta exposición, por su siguiente paso.La respuesta se convierte en una tensa espera donde las ansias crecen por ver inmediatamente su “después” artístico.
Miguel Ángel Campano, estudió Arquitectura y Bellas Artes en Madrid y Valencia y ha compaginado su lugar de residencia entre París y Madrid. De la abstracción geométrica en sus pasos iniciales, pasó a esquemas geométricos hasta llevarle a la abstracción colorista y gestual del action painting americano. Poco a poco logra una mayor simplificación, evolución en la cual elimina lo formal, y lo cromático va desapareciendo. Su evolución se mide en distintas etapas, pues, distantes formalmente, pero aún así, se desarrolla en una misma sensación en el trazo, en la disponibilidad de la superficie y a la hora de organizar en su contexto un propio lenguaje que hace que su obra despida una unidad de trabajo.
Ahora el trazo grueso y la figuración se ha convertido en una pátina opaca y oscurecida de formas obtusas que se acomodan con negrura a formas de ser y estar como protagonista de un metalenguaje absoluto. Figuras en acomodación diforme donde la representación del espacio no pintado es el aire necesario a la que cualquiera de nosotros necesita para tomar aire y seguir en la existencia. Es por ello la sensación movible del cuadro a causa de formas con tan personal geometría en contraposición nacidos del negro asociado siempre a una negación existencial.
El cuadrado, como forma abstracta, ya tiene una larga existencia en la historia del arte. Desde su descubrimiento en el cubismo, pasando por obras tan personales como el mismo Malevich, Mondrian, Klee o Albers, hasta los minimalistas Newman y Renhardt. Pero con Campano, el cuadrado nace de una necesidad interior y le confiere un lenguaje propio en esencialismo y forma sinuosa como gesto indeterminado de la propia figura geométrica, evidenciando si existe en realidad tal figura que sea en esencia y materialmente perfecta. Y es esta interpretación de descomponer la lógica de la línea recta y la curva que hace parecer extraño a la mirada del espectador la interpretación que hace el pintor en su ruptura con la normativa de movimientos pictóricos anteriores de la modernidad.
Aquello que sabemos por los enunciados de Euclides y que nos dice que la línea recta es tan sólo un camino de puntos, o una línea es una longitud sin anchuras y que se nos hace difícil de imaginar, se nos abre aquí en silenciosa presencia. Las figuras geométricas de Campano quieren ser y estar dentro del cuadro, y es por ello que se mueven dentro de él, confiriéndoles personalidad el pintor con una superficie atemperada, entre la transparencia y la opacidad, la encrucijada de nuestra tenue existencia.
Toda esta cosmovisión desgeometrizada de la figura como cuerpo que ocupa un espacio es revelada en contrastados tonos como lo son el negro y blanco. En efecto, dos colores contrapuestos entre sí en su más amplio concepto y que en realidad obedecen ambos a su misma negación del “no-color”, de la “no-existencia”, del “no-ser”. Y si por argumentación filosófica contraponemos su concepto, obtenemos la existencia, el negro como color puro y verdadera razón de ser junto con el blanco que hace posible su existencia. Resultado, en resumen, de una atrevida reflexión por parte del artista en estado de pureza y sencillez que bien refleja su lograda síntesis sobre la substancia que bebe la existencia del arte y que nos brinda la posibilidad de sobrevivir aún en tiempos después de Adorno.
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